Por Kate Altemus Cullen
A nivel mundial, 2.100 millones de personas, una de cada cuatro, aún no tienen acceso a agua potable gestionada de forma segura.1 Los sistemas de agua administrados por las propias comunidades, donde vecinos y vecinas gestionan colectivamente pozos, llaves y redes de distribución, han llenado históricamente el vacío que dejan los servicios estatales y privados, especialmente en sectores rurales y comunidades informales. Quienes operan estos sistemas de manera voluntaria son trabajadores de primera línea y cuidadores de sus comunidades: responden llamados, reparan filtraciones hasta altas horas de la noche y hacen todo lo posible para que el agua vuelva a correr.
Sin embargo, su trabajo se ha vuelto cada vez más difícil. El cambio climático está haciendo que el agua sea más escasa y variable, mientras que actividades productivas intensivas en su uso continúan presionando fuentes ya sobreexplotadas. A pesar de su importancia, los sistemas de agua gestionados por las comunidades siguen estando prácticamente ausentes de los debates más amplios sobre sequía, seguridad hídrica y resiliencia climática, aunque son ellos quienes garantizan día a día el derecho humano al agua en los territorios.
En Chile, estos sistemas se conocen como Asociaciones de Agua Potable Rural (APR). Durante nueve meses de 2023 tuve la oportunidad de colaborar con APRs de la Región Metropolitana como parte de mi investigación doctoral sobre el cambio climático y el acceso al agua potable. Quiero compartir algunas de las lecciones que me transmitieron sus dirigentes y dirigentas sobre cómo el cambio climático está profundizando las desigualdades en el acceso al agua y cómo las comunidades están respondiendo a este desafío.

La experiencia de la megasequía en Chile central
En las zonas rurales de la Región Metropolitana de Santiago, las APR describen una transformación sin precedentes: el paso desde fuentes de agua superficiales y subterráneas confiables hacia una situación de creciente escasez desde el inicio de la megasequía en 2010. Niveles de aguas subterráneas que habían permanecido estables por más de 40 años comenzaron a descender abruptamente, secando pozos de APR. Las norias, pozos artesanales poco profundos, también se han secado. La acumulación de nieve en la cordillera de los Andes, que alimenta los caudales de los ríos durante el verano, continúa en niveles históricamente bajos: “ya no hay nieve en la cordillera”, señaló un dirigente de APR.
En distintos puntos de la región, las APRs reportan mortandad masiva de vegetación nativa, disminución de fauna silvestre y una reducción sostenida de las fuentes de agua superficial y subterránea. Un funcionario municipal resumió la situación de la siguiente manera: “Chile era un país que generalmente no tenía problemas de agua… hoy el tema hídrico es crítico”. La magnitud de los cambios en el paisaje y en los sistemas hídricos es difícil de exagerar. Como explicó un dirigente: “esto está provocando un desierto… antes este lugar era un jardín hermoso… había sauces, canales, todo verde… ahora llegamos a Marte”.
Los dirigentes de APRs vinculan consistentemente estas pérdidas con la megasequía y sostienen que esta ha “alterado” tanto el ciclo hidrológico como el acceso al agua potable. “Nunca había visto 17 años con tan poca lluvia”, comentó uno de ellos. Otro fue aún más directo: “No hemos tenido lluvia en años, sino sequía tras sequía”.
La laguna de Aculeo, el principal cuerpo de agua dulce de la región, permaneció seca entre 2010 y 2023 y todavía se encuentra en niveles históricamente bajos. Un residente que ha vivido toda su vida en la zona atribuyó su desaparición principalmente a la sequía. Aunque reconoce que la agricultura utiliza agua de la laguna, enfatiza que “no llovió como antes… los esteros que la llenaban dejaron de bajar… lo fundamental fueron esos diez años de sequía”. También recordó con nostalgia lo que significó la pérdida de la laguna para la comunidad: “La laguna era hermosa. Había trabajo. Teníamos pejerreyes… todo murió. Todo desapareció”. Hoy, Aculeo es “irreconocible”. Muchas personas han emigrado, agricultores han dejado de cultivar productos tradicionales y quienes permanecen recién comienzan a reinventarse mientras el lago vuelve lentamente a recuperar parte de su superficie.
Las APRs más afectadas se encuentran en el norte y el suroeste de la Región Metropolitana, Tiltil, Colina, San Pedro, Melipilla y Alhué, donde la sombra pluviométrica de la cordillera de la Costa limita las precipitaciones y la recarga de acuíferos desde el río Maipo es reducida. Coincidentemente, estas zonas también concentran algunas de las principales faenas mineras y actividades agroindustriales de la región. En los últimos años, los niveles de agua subterránea han pasado de profundidades históricamente estables de entre 12 y 15 metros a más de 200 metros.
Incluso en el valle central del Maipo, una zona relativamente más húmeda, los cambios son evidentes. En Isla de Maipo, los niveles de agua subterránea han descendido sostenidamente y los dirigentes de APRs reportan disminuciones visibles en el caudal del río, la vegetación ribereña y la fauna asociada. En Curacaví, la profundidad promedio del agua subterránea ha aumentado de 9 a 17 metros. Como explicó un dirigente local: “Somos afortunados de estar entre los pocos que todavía tienen agua… el agua es de muy mala calidad, pero al menos la tenemos”.

Estas pérdidas de fuentes de agua también están profundamente influenciadas por el modelo de gestión hídrica vigente en Chile, que históricamente ha priorizado los usos económicos por sobre las necesidades de abastecimiento humano rural. La Región Metropolitana alberga algunas de las mayores minas de cobre del país, una importante agricultura de exportación bajo riego y numerosas plantas industriales. A medida que estas demandas han contribuido al agotamiento de fuentes tradicionales, muchas comunidades rurales han pasado a depender de una combinación de abastecimiento mediante camiones aljibe provenientes de gobiernos municipales, organismos estatales y proveedores privados.
La lucha por una vida digna
La interrupción en el acceso al agua ha repercutido en la vida cotidiana de formas tanto íntimas como estructurales. Como señaló un dirigente de APRs en Isla de Maipo, el acceso al agua es “un tema de vida digna… poder ducharse en la mañana cuando hace mucho frío o después de la jornada laboral, y que el calefón no enciende por falta de presión”. La alteración histórica en el acceso al agua potable ha trastocado las rutinas diarias, aumentado la presión sobre las familias y los dirigentes de APRs, y generado tensiones dentro de las comunidades debido a la escasez y a las expectativas de soluciones rápidas.
El peso de la crisis hídrica recae de manera desproporcionada sobre los dirigentes de las APRs, más que sobre las autoridades públicas. Los dirigentes viven en las mismas comunidades a las que sirven y enfrentan diariamente la realidad de los problemas de agua de sus vecinos. Una dirigenta relató cómo su padre, ex presidente de una APRs, sigue recibiendo recordatorios de problemas pendientes en la red cada vez que algún vecino pasa frente a su casa camino a la iglesia o al consultorio. Las autoridades, en cambio, pueden dejar atrás la crisis hídrica cuando regresan a sus hogares en Santiago al final de la jornada.
La falta de voluntad política y de recursos suficientes para enfrentar el problema ha trasladado gran parte de la responsabilidad de resolver esta crisis de agua potable a las propias APRs. En Chile, estas organizaciones han tenido que ser autosuficientes por necesidad, pero también por convicción. Sus dirigentes expresan orgullo por su autonomía y capacidad de organización: aunque el Estado realiza inversiones iniciales en infraestructura, “la gestión es completamente nuestra”.
Al mismo tiempo, los dirigentes señalan que la insuficiencia de apoyo institucional, político, financiero y legal hace que la crisis del agua potable rural termine “rebotando hacia las APRs”. Esta situación, explican, ha estado presente desde sus orígenes: “la génesis [de las APR] es la gente, la comunidad organizada”. En Paine, un dirigente recordó que “a pesar de estar a solo 35 kilómetros de Santiago, nunca tuvimos agua potable… hasta que la gente se organizó”.
La mayoría de las APRs de la región fueron fundadas por comunidades campesinas y trabajadores. En Tiltil, por ejemplo, fueron trabajadores de una cementera quienes “se juntaron e hicieron esto”. Estas historias han dado forma a una cultura de autogestión y solidaridad. Cuando surgen amenazas al acceso al agua, como explicó un dirigente, “no estamos esperando al gobierno”.
Las APRs se ven a sí mismas como mucho más que proveedoras de agua: son un pilar fundamental de la vida comunitaria. Como señaló un presidente, “esta APR es una de las organizaciones sociales más importantes y trascendentes del pueblo”. Además de distribuir agua potable, muchas APRs entregan agua sin costo a escuelas y juntas de vecinos, construyen espacios de encuentro comunitario y organizan talleres, actividades deportivas, agrupaciones de personas mayores y actividades culturales.
Sus dirigentes son elegidos por la propia comunidad y desempeñan su labor de manera voluntaria. Lo hacen por “convicción social”, para “devolver la mano” y porque creen en la importancia de hacer algo “de vecinos para vecinos”.
Una realidad global
La experiencia de las APRs en Chile no es un caso aislado. Más bien, ilumina las realidades que enfrentan los sistemas de agua gestionados por comunidades en distintas partes del mundo. Estos sistemas deben lidiar con industrias extractivas que consumen sus fuentes de abastecimiento, con legados coloniales y autoritarios que persisten a través de desigualdades en el acceso a los recursos, y con una crisis climática cada vez más intensa que profundiza su vulnerabilidad y exposición a daños.
Las APRs ocupan un lugar central en la lucha global por garantizar el derecho humano al agua y una vida digna para todas las personas. Reconocer su importancia implica fortalecer el apoyo institucional que reciben, proteger su acceso al agua y asegurar su participación plena en las decisiones sobre gestión hídrica, desarrollo rural y adaptación al cambio climático.
Agradezco profundamente a la profesora Anahí Ocampo-Melgar y a Cecilia González por su guía y colaboración en este proyecto, así como a Arlé P. Kröll, Eduardo Panguinao, Daniel González, Tamara Escobar y Sebastián Orellana Pesse por su valioso apoyo a lo largo de esta investigación doctoral.
- JMP. (2025). Progress on household drinking-water, sanitation and hygiene 2000-2024: Special focus on inequalities. https://www.who.int/publications/m/item/progress-on-household-drinking-water–sanitation-and-hygiene-2000-2024–special-focus-on-inequalities ↩︎
Kate Altemus Cullen es candidata a doctora en el Energy & Resources Group de la Universidad de California, Berkeley y finalizará sus estudios en 2026. Su tesis aborda el acceso al agua potable y las sequías extremas en un contexto de cambio climático, empleando métodos de investigación participativa y comunitaria en la cuenca del Río Maipo, Chile. Su trabajo de investigación en Chile han contado con el apoyo de las becas Fulbright (2018), Fulbright-Hays (2023), NSF IRES Pathways y Lau Climate Equity Grant. Es magíster (MSc) en Ciencias y Políticas del Agua por la Universidad de Oxford y licenciada (BA) en Ciencias de la Tierra y del Medio Ambiente e Historia (con especialización en América Latina) por la Universidad Wesleyan.


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