Por Sandra Oseguera Sotomayor
*Tanto en el taller que se presentará en LASA 2025 como en este texto para el Blog del Centro de Estudios Latinoamericanos y del Caribe de UC Berkeley, quiero aclarar que el uso del término “mujeres” en el título refleja la experiencia y la posicionalidad de género de quienes organizamos el panel. Al elegir el título, tomamos la decisión de ser coherentes y de no cooptar otras identidades. Reconocemos, sin embargo, que las experiencias del trabajo de campo atraviesan múltiples vivencias de género; por ello, este espacio está abierto y comprometido a incluir a femmes, personas no binarias y a todas las identidades que se sientan representadas por las reflexiones que compartimos.
Una versión de esta entrada del blog está en inglés aquí.
El lunes 26 de mayo de 2025, a la 1:45 p.m., nos reuniremos en el hotel Marriott Marquis de San Francisco, California, como parte del Congreso de la Asociación de Estudios Latinoamericanos (LASA), para conversar sobre experiencias de trabajo de campo en América Latina en el taller “Mujeres haciendo trabajo de campo en América Latina: Una conversación multidisciplinaria sobre las lecciones y los retos de poner el cuerpo en la región.” Holly Moulton (College of the Holy Cross) y yo, Sandra Oseguera (UC Berkeley), organizamos este espacio con el objetivo de abrir una invitación a la reflexión colectiva, honesta y vulnerable sobre los retos de hacer trabajo de campo desde una perspectiva de género.
La idea de este taller surgió de conversaciones casuales entre colegas que compartimos la práctica de la investigación de campo. Muchas veces, esas platicas terminaban con la sensación de que hacía falta un espacio donde pudiéramos compartir nuestras experiencias y convertirlas en una reflexión conjunta. Las participantes del taller no pretendemos presentarnos como expertas en el trabajo de campo, aunque algunas tienen trayectorias notables; más bien, buscamos construir un espacio abierto a distintos niveles de experiencia, así como a las diversas emociones y desafíos que enfrentamos al adentrarnos en los mundos de nuestros interlocutores.
En este texto breve, comparto algunas ideas sobre el origen del taller, las voces con las que entramos en diálogo, y fragmentos de mi experiencia personal que me llevaron a co-organizar este espacio.
Durante mi adolescencia, mientras intentaba descifrar mis intereses, pasiones y gustos, también estaba tratando de decidir qué profesión quería ejercer cuando fuera adulta. Hasta ese momento, a los 19 años de edad, ninguna de mis decisiones había tenido una repercusión tan duradera como la idea de una profesión de por vida. Entre más pensaba en qué me gustaría ser siempre venía a mi mente la idea de viajar, de estar en lugares desconocidos, de hacer esos lugares míos yconocer gente nueva. Hoy, reflexionando sobre ese momento coyuntural en mi vida, me doy cuenta de que tiene sentido que, quince años después, sea antropóloga, con un poco más de siete años de experiencia haciendo trabajo de campo en México y Japón.
En el imaginario popular, nutrido por la television, , el cine y las etnografías clásicas, el trabajo de campo se presenta como una travesía accesible, segura y ordenada. Es un viaje con principio, nudo y desenlace: llegas, investigas, recoges tus hallazgos y te marchas. Todo sucede bajo la apariencia de un proceso limpio e inevitablemente exitoso.
En la antropología, desde los inicios de la disciplina y durante gran parte del siglo XX, en el ámbito académico, el trabajo de campo se mencionaba como una forma narrativa o como un requisito de legitimidad al presentar teoría. Solo con el paso del tiempo, y gracias a voces críticas, muchas veces de mujeres (Behar 1995, 1996), surgió la necesidad de narrar esa experiencias como una práctica situada, atravesada por distancias, privilegios, retos, incomodidades, pequeños triunfos y, sobre todo, por la transformación profunda que implica el intercambio que existe entre la investigadora y sus colaboradores.

En mi experiencia personal, realizando trabajo de campo en las zonas rurales de Japón y en la Sierra Norte de Oaxaca, me he encontrado con una realidad que dista mucho de las fantasías de mi adolescencia. A pesar de contar con el respaldo de dos mentoras excepcionales, Laura Nader, quien en los años cincuenta trabajó en la Sierra Norte de Oaxaca, embarazada y con niños pequeños bajo su cuidado en un contexto completamente desconocido (Nader 1970 y comunicación personal); y Junko Habu, quien desde los noventa ha dirigido excavaciones arqueológicas y trabajos etnográficos en Japón, en un entorno predominante masculino (comunicación personal), ninguna preparación es suficiente para enfrentarse a lo que realmente implica el trabajo de campo.
Mis mentoras hicieron todo lo posible por orientarme, y aunque las distancias generacionales y los contextos en los que desarrollamos trabajo de campo son diferentes, valoro profundamente sus enseñanzas: reciprocidad, firmeza, colaboración. Antes de emprender mi propio viaje aprendí de ellas, acumulé saberes intergeneracionales que han marcado mi formación. Sin embargo, lo vivido en el campo es una experiencia que solo me pertenece a mí. Quiero dejar aquí en claro una lección que rara vez se menciona: la experiencia del trabajo de campo depende tanto de la preparación, la suerte y de los privilegios con los que se cuenta.
La verdad es que no hay forma de anticipar lo que viene. En primer lugar, está la incomodidad física y emocional de estar en un lugar desconocido e y conocer nuevas personas Luego, está el constante estrés derivado de la falta de experiencia, los imprevistos que surgen, y el peso de la responsabilidad de hacer un “buen trabajo”, porque, al fin y al cabo, tu desarrollo académico o profesional depende de tu capacidad para llevar a cabo la investigación en un contexto completamente ajeno.
A medida que se acumula la experiencia, los desafíos del trabajo de campo se vuelven cada vez más complejos y multidimensionales. Surgen retos personales como la incomodidad, la culpa y la vergüenza. También emergen desafíos posicionales, relacionados con quién eres —tu género, estatus social, nivel académico, estado civil— y cómo esas características son percibidas por los interlocutores o colaboradores y sus propios contextos sociales. Estas percepciones pueden generar tanto limitaciones como oportunidades. Por otro lado, los retos sociales están vinculados a las relaciones con las personas que guían nuestro trabajo, y abarcan cuestiones éticas de reciprocidad, empatía y cuidado.
Además, existen desafíos en las relaciones interpersonales. El trabajo de campo no es un proceso lineal; por el contrario, es una experiencia dinámica que se ramifica y evoluciona en múltiples direcciones. En este proceso surgen relaciones nuevas que pueden ser tanto enriquecedoras como difíciles, y algunas de ellas perdurarán toda la vida.

La dimensión geográfica del trabajo de campo también implica sus propios retos. Particularmente en América Latina, un contexto marcado por realidades sociales, económicas, políticas e históricas únicas que presentan desafíos específicos. Las preguntas que inevitablemente nos atraviesan y que son parte del taller que presentaremos en LASA con respecto a esto son:¿Cómo “ponemos el cuerpo” las investigadoras en Latinoamérica? ¿De qué manera estas investigadoras, que gozan del privilegio de la academia pero son también sujetos a violencia de género e inseguridad, pueden relacionarse y mantener su trabajo con poblaciones que viven de manera sistemática la violencia, marginalización o precariedad social?
Hoy, en pleno siglo XXI, en medio de una revolución digital y una creciente interdisciplinariedad en los métodos de investigación, el trabajo de campo sigue siendo una práctica común. Sin embargo, persiste una falta de comunicación entre generaciones y disciplinas. Las nuevas generaciones de académicas a menudo llegan al campo sin saber qué esperar. Y aunque cada experiencia es, sin duda, única e impredecible, existe una necesidad urgente de compartir nuestras vivencias y reflexionar colectivamente. Solo así podremos transmitir el conocimiento acumulado con la esperanza de que sea útil al enfrentarnos a las realidades de esos nuevos mundos a los que llegamos como viajeras a las que nadie espera (tomado del poema “Viajero” de Dulce María Loynaz en Behar 1996).
Este taller busca abordar temas de posicionalidad, ética y los retos multidimensionales del trabajo de campo en América Latina. Así como intenta responder las preguntas postuladas en este texto. Para lograr nuestro objetivo contamos con la participación de siete investigadoras que trabajan en diversas disciplinas y regiones del continente. Nuestro objetivo es continuar la conversación iniciada por otras voces como (pero no únicamente) Nader, Golde, Habu y Behar, normalizando las emociones complejas del trabajo de campo sin estigmatizarlas. Centrándonos en el género, exploramos cómo la percepción personal y ajena impacta nuestras experiencias.
Te invitamos a un espacio de reflexión y vulnerabilidad, donde podamos compartir nuestras historias, abrazar nuestras vivencias y crear comunidad desde el cuidado y la honestidad.
Fuentes
Behar, Ruth. 1996. The Vulnerable Observer: Anthropology That Breaks Your Heart. Boston: Beacon Press.
Behar, Ruth. 1995. “Introduction.” In Women Writing Culture, edited by Ruth Behar and Deborah A. Gordon, xiii–xxvii. Berkeley: University of California Press.
Golde, Peggy. 1970. “Introduction.” In Women in the Field: Anthropological Experiences, edited by Peggy Golde, 1–18. Berkeley: University of California Press.
Lutz, Catherine. 1995. “The Gender of Theory.” In Women Writing Culture, edited by Ruth Behar and Deborah A. Gordon, 249–266. Berkeley: University of California Press.
Nader, Laura. 1970. “From Anguish to Exultation.” In Women in the Field: Anthropological Experiences, edited by Peggy Golde, 91–111. Berkeley: University of California Press.
Nader, Laura. 2025. Comunicación personal, 14 de marzo
Habu, Junko. 2025. Comunicación personal, 2 de mayo.
Sandra Oseguera Sotomayor (ella/she/her) es candidata a doctorado en el Departamento de Antropología y estudiante afiliada al Centro de Estudios de América Latina y el Caribe de UC Berkeley. Su trabajo se centra en la arqueología colaborativa e indígena en la Sierra Norte de Oaxaca, donde colabora con las comunidades de Villa Talea de Castro y San Juan Luvina para explorar las relaciones de larga duración entre las personas y sus paisajes a través del análisis de prácticas agrícolas. Su investigación busca comprender cómo la agricultura y el vínculo con el entorno han posibilitado la persistencia cultural y la resiliencia ambiental de estas comunidades. Sandra está interesada en los estudios decoloniales, el conocimiento ecológico tradicional (TEK), la soberanía alimentaria y las metodologías arqueológicas de bajo impacto.

