Por Rafael Santiago Meza Duriez
Mi mamá, Juana de Arco (seudónimo) no es una figura histórica, ni una metáfora. Es una mujer que entregó su juventud a la Revolución Sandinista en Nicaragua. Esta es la historia de su legado durante la Cruzada Nacional de Alfabetización (CNA), el cual no es reconocido en los libros oficiales. Solo en las narrativas que ella me contó y las canciones que me compartió. Todo lo que sé sobre las revoluciones es gracias a las canciones de trova que escuchaba mi mamá. La trova latinoamericana tenía esa capacidad de introducirse por los poros de nuestra piel y hacerse sentir en el nudo de la garganta hasta forzar una lágrima de alegría, satisfacción, dolor, rabia. Muchas emociones que no se pueden expresar con palabras. La trova me enseñó a hacer mías las lucha y esperanzas de generaciones pasadas que enfrentaron la muerte en busca de un mejor futuro y que, por arbitrios de vanguardias y comandantes, solo recibieron olvido y medallas metafóricas a cambio.
El trovador nicaragüense Carlos Mejía Godoy compuso una canción llamada “la viejecita de Mozambique.” Recuerdo que mi mamá lloraba cada vez que esta canción sonaba y me decía que quería que sonara en su funeral. Esta cuenta la historia de Victoriano, un trotamundos vasco que encuentra en Mozambique a una señora mayor proveniente de España quien tuvo que exiliarse en aquél país durante la guerra civil. Eventualmente, la viejecita le pide a Victoriano que, de volver por aquellos caminos, por favor le traiga un puñado de tierra española para besarla antes de morir. Años después, Victoriano cumple la promesa a la viejecita. Ya muy enferma y a punto de morir, ella toma la tierra y la besa susurrando gracias a Victoriano. Sus últimas palabras fueron: Gracias joven vasco. Que Dios te bendiga. Ahora me muero dichosa y en paz, porque he comulgado con la tierra mía, pensando en mi pueblo y en su libertad. Evidentemente, la canción toca temas referidos a la nostalgia y el exilio, pero, indirectamente, también habla sobre el legado de las luchas sociales, la memoria colectiva y su impacto en la vida de las personas que vivieron conflictos armados, así como de las generaciones que las sucedieron. Victoriano fue tocado por el pasado, y ese toque gestó un entrelazamiento ético con la viejecita y su lucha.
Hasta hace poco entendí porque, a pesar de nunca experimentar el exilio, esa canción toca la conciencia de mi mamá y por consiguiente la mía. Tengo muchas madres, o dicho de mejor manera, mi mamá ha sido muchas personas en su vida. Su yo brigadista CNA es quizás la dimensión más compleja de su persona y de la que más he aprendido.
El año pasado decidí que quería emprender un proyecto de historia oral sobre la CNA. Organizada pocos meses después de la caída de la dictadura somocista, la CNA fue el primer y quizás el mayor logro de la Revolución Sandinista durante los 80. Por seis meses, de marzo a agosto, miles de jóvenes se movilizaron al campo para enseñar a leer y a escribir a personas campesinas adultas. La CNA logró reducir la tasa de analfabetismo de un 51% a un 13% (Hanemann 2005; MINED, n.d.). Carnoy y Torres describieron con bastante atino la magnitud del desafío al que los y las jóvenes nicas se enfrentaban. Afirmaron que:
Education in Nicaragua has been built out of the ashes of a civil war and the burning smell of gunsmoke. The Sandinistas took power in July 1979, after a bloody civil war in which, during the conflict’s final month, 40,000 people were killed, 100,000 wounded, and over 150,000 forced to abandon their homes. Destruction of material assets, buildings and inventories in the last two years of the revolution amounted to US $500 million by the time [former dictator] Anastasio Somoza fled the country (Carnoy and Torres 1990, 318-319)..
La educación en Nicaragua ha sido construida sobre las cenizas de una guerra civil y el olor a pólvora. Los sandinistas tomaron el poder en julio de 1979, después de una sangrienta guerra civil en la que, durante el último mes del conflicto, murieron 40,000 personas, 100,000 resultaron heridas y más de 150,000 se vieron obligadas a abandonar sus hogares. La destrucción de bienes materiales, edificios e inventarios en los últimos dos años de la revolución ascendió a 500 millones de dólares estadounidenses para cuando [el exdictador] Anastasio Somoza huyó del país (1990, p. 318-319, mi traducción).
Imagínense ustedes. Tener 14, 15, 16 años y encontrarte ante el escenario de poder reconstruir tu país para mejorarlo. Convertirlo en la Utopía en el nombre de “los muchachos”, los que dieron la vida por liberar a la patria. El paraíso en tierra de nadie, en un “país bananero” que se le paró al yanqui invasor. A eso se le debe sumar la maquinaria propagandística, llena de mensajes que llamaban a cumplir el deber, a honrar tu legado como hijo/hija de Sandino, el guerrillero que sacó a patadas a los marines gringos. Basta con escuchar el himno de la alfabetización para entender el poder de estos mensajes. “Avancemos brigadistas, guerrilleros de la alfabetización…levantemos barricadas….puño en alto, libro abierto…ganaremos el destino de ser hijos de Sandino convirtiendo la oscurana en claridad.”
Asi pues, el propósito del proyecto investigativo era rescatar las voces de quienes vivieron y dieron forma a la cruzada, pero lo hice también porque quise entender mejor la historia de mi familia y su conexión con la Revolución Sandinista; un proyecto fallido que degeneró una dictadura tan cruel como la que derrocó (Lacombe, 2020). Así que entrevisté, entre otras personas, a mi mamá. Fueron tres entrevistas de alrededor de una hora que me permitieron conocer mejor sus luchas, éxitos y, todo hay que decirlo, las acciones por las cuales se arrepiente.
Mi mamá, con 14 años, no dudó en enlistarse para la CNA e irse al lugar más recóndito al que la pudieran asignar. Siendo hija de un “declarado comunista” que a pesar de no terminar la primaria aprendió a leer y a escribir por sí solo, la CNA fue un llamado para contribuir con la revolución.
Fui una de las primeras que levantó la mano ya que no pude anteriormente participar en la lucha para el derrocamiento de la dictadura. Entonces yo dije aquí voy y este va a ser mi aporte para participar en la alfabetización y obviamente pues contaba con el apoyo de mis padres y sobre todo de mi papi (así le llamamos en mi familia a su papá, mi abuelo).
Y así partió hacia Jinotega, la montañosa y fría ciudad en el centro-norte de Nicaragua. Ahí aprendió que esto de la educación popular no es chicha, como diríamos en buen nica. Nada más llegar, se encontró con el lado hostil del campo. Reconstruir un país requería, como muchas veces me dijo, ponerse la camiseta. O socás o te vas. Los sustos por la noche de pobladores que no querían alfabetizarse, la incompetencia de los jefes de escuadra (todos hombres, por supuesto), y las normas restrictivas de conducta que imitaban una estructura militar. Solo en el primer mes, ella junto con su colectiva de diez mujeres brigadistas tuvieron que aguantar a hombres que les llegaron a tocar la puerta para asustarlas. “Recuerdo que tuvimos una histeria colectiva todas. Comenzó a llorar una y comenzamos a llorar todas. Y lloramos una noche, pero dijimos nos vamos a quedar y vamos a seguir.” Luego, unas semanas después, tuvo que enfrentarse a su superior inmediato quien la quiso expulsar porque ella, desesperada por los piojos que agarró, se saltó las órdenes y bajó a la ciudad a raparse el pelo sin pedir autorización.

Pero referirse únicamente a las dificultades es desmerecer la belleza de su lucha. Entre adversidades y nuevos desafíos, Juana de Arco aprendió el valor de la colectividad y la sororidad, ya sea compartiendo alimentos entre otras brigadistas y campesinas, o yendo todas juntas al río para bañarse y cuidarse unas a la otras. Si bien enseñó a leer y a escribir a 14 personas, 9 mujeres y 5 hombres adolescentes, ella también aprendió leer el mundo y la palabra del campo. Se levantaba a las 5 am para ayudar a las familias con las que vivía y pasaba las mañanas colaborando en el hogar antes de ir a alfabetizar. “Hay veces que [había] que ir a desgranar maíz, a traer leña para el fuego, para el fogón. O hay que limpiar los frijoles para ponerlos a cocer. O si no llevar agua en baldes de un lugar a otro donde habían pozos para llevarlos a la casa.” Fue con el campesinado que mi mamá aprendió el verdadero sentido de la solidaridad. Ella recuerda como los y las campesinas si sabían querer de verdad, desde la humildad y del cuidado. Mencionó que “[los y las campesinas] siempre estaban preocupados porque nosotras no fuéramos [solas], nos acompañaban. O sea, esa solidaridad de acompañarte, de regresarte o de irte a traer donde estabas durmiendo para que no viajaras sola.”
Enseñar a leer y a escribir fue la experiencia que revolucionó su vida. Las palabras con las que recuerda esa época fueron quizás las más vívidas y cándidas durante toda la entrevista. Fue en un extracto específico en el que comprendí que, a pesar de las adversidades, de las desilusiones que vendrían posteriormente, de las traiciones y la distorsión de los discursos, no había ni un ápice de arrepentimiento en su voz. Me dijo a punto de quebrarse a llorar la satisfacción que sintió cuando sus estudiantes aprendieron a leer sus primeras palabras.
Entonces ellos [los estudiantes] me decían, especialmente los más jóvenes: “Mire, mire, maestra, ya puedo [leer], venga, siéntese y escúcheme”. (Se lleva sus dos manos a la boca, mientras el rostro se enrojecía.) Ay, cuando lo recuerdo, me dan ganas de llorar. Recuerdo que empezaban a leer las oraciones que habían escrito. Entonces, eso fue una de las cosas más fuertes… Me hizo… feliz.
Es esa parte la que se queda con ella después de tantos años, y la parte de su historia que, entre otras cosas, llevo en mi sangre.
Comparto su historia por dos razones. La primera porque creo que las narrativas sobre las experiencias de las mujeres durante los procesos revolucionarios de América Latina y el Caribe, en general, y en Nicaragua particularmente, han sido invisibilizadas. La Revolución Sandinista no fue solo guerra y dolor. Fue cuido, solidaridad y empatía. Pero la mirada del hombre de barba blanca, del guerrillero nostálgico, del marxista intelectual, la concibe como un hecho meramente racional. La voz de las mujeres durante la guerra es lo que sostiene la esperanza de que no todo fue en vano. Si bien reconozco cuán problemático es que yo, un hombre de ciudad de clase media, esté relatando esta historia, quiero enfatizar que es esa voz, personifacada no solo en mi mamá, sino en todas las mujeres educadoras y cuidadoras que me han formado, la que ha moldeado mi visión del pasado y del futuro. Segundo, si sos de Centroamérica, hayás nacido o no en la región, seas de primera, segunda o tercera generación de migrante en Estados Unidos o cualquier lugar del mundo, es tu deber histórico conocer los lazos que te atan a ella. Yo, que soy un “niño de la postguerra”, he logrado entender cómo la “versión” de la revolución que mi papá y mi mamá vivieron ha moldeado mi vida. Mis desvelos en la madrugada pensando en el sufrimiento ajeno, mi pasión por la educación y mi necesidad de tender la mano a quien la necesita son micro-legados de esas narrativas. Pero también lo son mis miedos, la perenne insatisfacción de nunca sentir que hago lo suficiente, que siempre puedo dar más, y mi deseo de complacer a quienes quiero aun a cuesta de mi propia felicidad.
Es interesante ver cómo mi sentido de la ética y mi trabajo como investigador han sido marcados por esos episodios que ella vivió. Al momento de escribir estas líneas, 7 días han pasado desde que pasé mi examen oral, un hito importante para el programa de doctorado en Educación. En la introducción del examen, se me pidió explicar como mi historia de vida influye en mi trabajo como investigador. Y ahí estoy, un 7 de mayo de 2025, hablando de educación popular, memoria colectiva y revoluciones. Pero hay una escena que aunque nunca la mencioné en esas tres horas, no logré sacar de mi cabeza mientras exponía.
Me transporté al pasado. El año es 1999, o 2002. Quizás era el año 97. Voy sentado en la parte trasera de una camioneta Mitsubishi en camino hacia Matagalpa, ciudad en el centro de Nicaragua. De conductor, va mi papá con sus lentes Ray-Ban oscuros cubriendo la mitad de la cara. Su mano izquierda posada sobre la ventana agarrando el volante, mientras que con la derecha va “picando” el bocadillo de turno que compró al enésimo vendedor que se posó a su lado en alguno de los semáforos de los pueblos atravesados por la carretera. De copiloto, mi mamá, con su pelo negro abundante, lentes con culo de botella, leyendo el libro de turno. En sus pausas de lectura, mira con desaprobación a mi papá por su falta de cuidado y por no tomarse en serio su diabetes. De fondo, se escuchaba Playa Girón y luego Debo Partirme en Dos de Silvio Rodríguez, cuyas historias líricas enmarcaron los hechos de las revoluciones latinoamericanas, transformándose en canciones de cuna para mi yo pequeño, fuentes de dudas existenciales en mi etapa adolescente, crueles recuerdos durante mi temprana adultez, y, ahora, dulce nostalgia. Por alguna razón, durante mi examen solo podía pensar en esa escena dentro de la Mitsubishi, en mi madre viéndome por el retrovisor y esbozando una sonrisa cuando yo iba a cantando una de Silvio en voz baja, mientras miraba el paisaje desierto por la ventana. Y ahí entendí que mi examen oral era un espacio para decir con palabras académicas lo que mi mamá me enseñó con su historia y con la trova. Que lo que estaba explicando a mi comité, ya había sido cantado por Mercedes Soza, Violeta Parra, Silvio y Carlos Mejía. Yo solo estaba repitiendo ese canto que escuché de niño en un equipo de estéreo, y contando de forma despersonalizada lo que mi mamá aprendió durante la cruzada.




Esa es mi madre. Juana de Arco, la brigadista. La que pospuso sus estudios universitarios en función de la revolución, y que cuando por fin pudo estudiar, debía escoger entre sacar fotocopias de sus textos de sociología o pagar su pasaje para regresar a su casa. La que me enseñó a amar la trova y, probablemente sin quererlo, puso sobre mis hombros la tarea de “traerle un trozo de tierra” para comulgar. Así como Victoriano, fui tocado por una guerra que no viví, pero que siento en el amor incondicional por la vida, la libertad y la justica que mi mamá profesa. Su lucha hoy me tiene donde estoy y, por eso, no hay “pedazo de tierra” que pueda honrarla como lo merece. Solo espero que para ella sea suficiente saber que su lucha es ahora la mía y que viviré hasta mi último aliento tratando de completarla. Y que me pueda perdonar porque, muy probablemente, yo también la dejaré inconclusa.
Feliz día de las madres, Ma. Te quiero. (14 de mayo, 2025)
1. Aunque en el ámbito de la música, trova suele referirse a la nueva trova cubana, a un género espécifico iniciado en Cuba, en este blog uso su sentido coloquial, como sinónimo de canción de protesta latinoamericana.
Referencias
Carnoy, Martin, and Carlos Alberto Torres. 1990. “Education and Social Transformation in Nicaragua 1979-1989.” In Education and Social Transition in the Third World, 315–58. Princeton University Press. https://doi.org/10.1515/9781400860692.315.
Hanemann, Ulrike. 2006. “Nicaragua’s Literacy Campaign.” Paper commissioned for the EFA Global Monitoring Report 2006, Literacy for Life. UNESCO.
Lacombe, Delphine. 2020. “Nicaragua under the terror of the Ortega-Murillo couple: background and the progressive construction of a dictatorship.” Trace (México, DF), no. 77, 146–63. http://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_abstract&pid=S0185-62862020000100007&lng=es&nrm=iso&tlng=es.Ministry of Education (MINED). n.d. “National Literacy Crusade.” https://www.mined.gob.ni/cruzada-nacional-de-alfabetizacion/.
Rafa Meza Duriez, educador y escritor nicaragüense, fue becario Fulbright. Su exploración de las prácticas de alfabetización y de lenguaje en zonas rurales de Centroamérica le permite analizar el valor pedagógico de las epistemologías y ontologías que rigen la vida cotidiana de las comunidades expresadas a traves de la reflexión como herramienta de cambio sociales. En términos más generales, su investigación se centra en sistematizar casos de éxito del Sur Global que proponen alternativas educativas a la actual crisis de civilización.




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